Es difícil explicar lo que sucedió ese día. Nuestro propósito era brindar un momento de esparcimiento a las personas que acuden diariamente al centro, proporcionándoles un espacio donde pudieran disfrutar de unas cervezas y conectarse con sus compañeros de una manera más relajada.
Era un día perfecto de verano, ideal para tomar algo y relajarse en la terraza del edificio. Las personas fueron llegando gradualmente, acompañadas de sus compañeros de trabajo.
No había nada más planificado: ni charlas, ni presentaciones, ni actividades; solo detenerse y disfrutar. Y cuando esto sucede, cuando no hay expectativas, cuando te detienes y disfrutas, es cuando surgen las mejores conversaciones. Conectamos directamente con las personas y sus realidades, sin teléfonos ni pantallas, permitiéndonos saborear cada segundo que pasa.
Y eso fue lo que ocurrió de manera natural: los que asistimos fuimos conectando entre nosotros. Una iniciativa tan simple como decidir conectar con otros y interesarse por ellos, hizo que más personas se unieran con la misma idea de compartir, reír y contribuir a la comunidad con un pedacito de nuestra esencia más íntima y personal.
Sin haberlo planificado, todos los asistentes al evento nos encontramos sentados en círculo, riendo y disfrutando de algo tan hermoso como «compartir nuestro tiempo».
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